sábado, 21 de marzo de 2009

las putas del 24 horas

Uhh en la calle está, su seguridad
Uhh en la calle está, su felicidad
Uhh en la calle está, su posibilidad.
Sólo busco a esa chica, que en la calle está.


LOS VIOLADORES
(La Chica de la Calle)
  
 Si el tiempo me sobra y no llueve en Cajamarca, es frecuente que camine desde la sede de la Universidad, ubicada en la Vía de Evitamiento, hasta el hotel donde nos cobijamos todos los docentes, en la calle El Comercio, a dos cuadras y media de la Plaza de Armas. Me tomaré, a lo mucho, veinticinco minutos. El sector ‘idílico’ es el comprendido entre Fonavi II, la Hoyos Rubio y la Iglesia de La Recoleta, por las veces que lo recorrí de la mano con una enamorada, Jessica Centurión. La nostalgia se rompe cuando paso por los almacenes mayoristas donde predomina el hedor de aguas servidas, hasta que ingreso al centro histórico de la urbe por el jirón El Batán. En una esquina, a dos cuadras de la Plaza, pulula una cofradía de damiselas dedicadas al comercio carnal, figura inconcebible en la Cajamarca pre Yanacocha, villa que ha sucumbido al cemento y ha hecho del verde citadino un espectro. Ninguna de ellas, entradas en carnes y edad, se puede considerar atractiva, cuerpos que como el vino se han transformado en vinagre. Mas en los tres años que llevo recorriendo la ruta, no puedo evitar fijarme en una puta de baja estatura, deforme, de piel clara y rasgos visiblemente andinos, cabello pintado color caca, cubierto invariablemente por una boina blanca de lana. El jean apretado y el escote generosísimo de rigor expone al intemperie su mejor mercadería, sus tetas de dimensiones vacunas, dos inmensos globos que podrían ser de plástico o quizás no. En un principio posaba sus ojos de batracio a mi paso desgarbado, seguro como puente para que le preguntase: “¿cuánto cobras?” y compartiéramos una treintena de minutos de nuestras vidas en un hostal que no me quiero imaginar. Eso, por supuesto, jamás sucedió y luego, acostumbrada a mi inacción, me dejó de mirar, convirtiéndome en un transeúnte más. Es una puta fea rodeada de otras más feas que ella, estampas urbanas de las que podemos conocer sus cuerpos pero nunca sus nombres, menos sus historias de cacherío con estibadores, borrachos y perdedores de poca monta. Son el tipo de puta que en Trujillo, por supuesto, todavía no se extingue, pero cada vez resulta más difícil encontrarlas. Yo que podría hacer de peatón nictálope una profesión, me gustaría que las madrugadas fueran territorio de las suripantas y toparme con ellas, así sean viejas y chatas, similares a las que en una época rondaban por el 24 Horas, aquel restaurante que hoy como ayer permanece abierto todo el día y toda la noche en la calle Gamarra, casi en la esquina con Grau.

Los platillos del 24 Horas no son malos. Las raciones son generosas. Caen bien después de una madrugada juerguera (Iván Ágreda fue quien me enseñó a combinar un bisteck con chaufa con una Concordia roja bien helada). En mis años de colegial, esa zona de la ciudad era donde proliferaban las obreras del amor. La mayoría de veces iba en plan de palomilla o de mero espectador. Llegaba incluso hasta la instancia de la transacción pero fuera por la flacidez de nuestros bolsillos o porque la arrechura no alcanzaba para revolcarse con una ninfa de presencia ajada, el polvo final quedaba descartado. Una noche sin embargo, tras el intento infructuoso por colarnos a un quinceañero que, para variar, no fuimos invitados, recalamos en el 24 Horas. Una madrugada dominguera se podían congregar a una docena de meretrices en el lugar, que no se colocaban precisamente frente al restaurante que les daba nombre y amparo en cierto sentido, sino que daban la vuelta, al jirón Grau que era más oscuro y propicio para el comercio clandestino. Tras jodar a una, a otra, abordamos a una ‘flaca’ —que no era tan flaca— entre el hotel Opt Gar y el hostal San José, quien no se intimidó al verse rodeada por cuatro galifardos. Lo que en un principio parecía un juego, una joda más, de repente llegó a buen puerto. León, el más animoso de todos, ofreció una suma por todos, una tarifa ‘corporativa’ que la prestadora del servicio regateó. El Chino y El Muelón, tan animosos como León, se aunaron a la puja, era una gran realización de 4x1 —“cuando Scala regala, regala”— y la mujer, seguro porque su noche estaba magra, aceptó, para algarabía de todos, incluso yo que era el menos ganoso por dos motivos esenciales: A) a las putas callejeras me divertía tomarles el pelo, pero revolcarme con ellas me producía resquemores por un posible infección a alguna putrefacción vaginal, B) no me parecía rentable pagar más por una puta de la calle que por una del burdel, donde había mayor variedad y mejor ganado, más jóvenes y mejor conservadas, para elegir.

La fulana tomó asiento entre el Chino y yo. Nadie dijo nada en el trayecto a Huanchaco, el point más socorrido. Quien con mocosos se acuesta debe saber que no tienen plata para un telo. Llegamos casi a las tres de la mañana y el viejo Dodge —modelo 1968— se estacionó en la playa con las luces apagadas, en pleno invierno, con una neblina y un frío del carajo. Dispuesto el asiento trasero para hacer las veces de cama, nos echamos los turnos a la suerte; a mí me tocó tercero, después de León y el Chino. El Muelón cerraba con broche de oro. Un trago preparado, de esos que vendían en La Virreina, licorería del jirón Almagro, sirvió para calmar nuestras ansias e impaciencia. Llegado mi momento, me bajé el pantalón hasta las rodillas y dejé la puerta abierta para no sentir mis pies aprisionados. Lentamente me coloqué encima de esa mujer que no se había descubierto el dorso, sólo las piernas, tan gélidas que no contrarrestaban con el aire que provenía de afuera. La ‘cabalgué’ con cierta brusquedad, sin ninguna intención de coronar una faena memorable, sintiendo el culo cada vez más congelado. De cuando en cuando la oteaba en la penumbra y me preguntaba: “¡cómo me puedo estar comiendo a esta mierda!” La pobre era requetefea y no hacía nada para hacerte sentir cómodo o que valiera la pena el monto invertido. Suerte que a los dieciséis años la verga está fuerte y funciona con el menor estímulo. Me movía y me movía y sin embargo me fue imposible eyacular porque faltó ese destello, esa química que llena la cabeza de semen y lamentablemente con esa mujer no lo iba a lograr. Así que fingí terminar y me quedé en su regazo, con el cansancio genuino de haberme esforzado. Bukowski, uno de mis escritores de cabecera, decía que uno debía culearse a todo tipo de hembra, no sólo a las feas, también a las abominables, creo que me faltó estómago para cumplir con el objetivo.

Una y otra vez he vuelto a abordar chicas de la calle con el mero objeto de pasar el rato o escuchar que poseen voz, pero nunca más volví a revolcarme con una. Pasaron los años y las polillas ya no caminan por el 24 Horas, parece que las hubieran espantado con DDT. El centro de la ciudad está hace años infestada de travestis —“los cabros están buenos, señal que progresamos”, diría mi ‘broder’ Luchín al respecto— y a las putas las han corrido o conminado a una especie de ghetto en la avenida España, entre la última cuadra del jirón Bolívar y la primera de la avenida Perú. Sin embargo, si partes en busca de Blancanieves, es más probable que te topes con la Bruja mala y la manzana envenenada. Las putas callejeras de hoy si no son viejas, son fumonas, amorfas, desdentadas, incluso con chuzos o verrugas en la cara, aptas para hombres solitarios, de pocos recursos y gustos bizarros. Las putas de mi época, sin ser tampoco grandes beldades, eran ciertamente más agradables y brindaban a la calle y a la noche cierta alegría, cierta magia, cierto aire putañero que nos hacía creer que Trujillo podía convertirse en Sodoma a la vuelta de la esquina.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Acabo de desucbrirlo.
Quien redacte, fuese lo que fuese, y coloque la palabra puta, como mínimo, dos veces por línea; cojungue frases cochambrosas con encuentros sexuales, y ponga en evidencia su dilección por la casa de putas, TIENE QUE SER ALFIERI, SÍ O SÍ.
¡TIENES UN HIJO ALFIERI, POR FAVOR!

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Espero que mi hijo salga putañero como su padre.

Anónimo dijo...

quien invento los blogs es un idiota que lo unico que me hizo es hacerme perder 15 minutos leyendo porkeria, sabes como filtrarlos para que no salgan en los buscadores.